—Me dejaste casarme contigo sin decirme lo que sabías —espeté—. Lo que hiciste.
"Lo sé."
Esa era la parte insoportable. No se escondía tras excusas. Sabía perfectamente lo mucho que me afectaría esa verdad, y aun así esperó a que los votos y los anillos nos unieran antes de confesarlo.
Una parte de mí quería gritarle. Otra parte aún quería acercarse a él, porque era el mismo hombre que me había llamado hermosa cinco minutos antes, y esa contradicción me partía por la mitad.
—Necesito aire —susurré.
Callahan se ofreció a dormir en la habitación de invitados. Apenas lo oí. Tomé mi abrigo y me marché con lágrimas corriendo por mi rostro, una novia caminando sola en la noche helada con los broches de boda aún en el cabello y toda su vida desmoronándose bajo el encaje.
Terminé frente a la casa donde pasé mi infancia. La casa seguía en pie, aunque ahora estaba vacía. Llamé a Lorie desde la acera porque a veces solo la persona que te conoció antes de que aparecieran las cicatrices puede comprender lo que viene después.
Llegó en diez minutos. Con solo mirarme supo que algo andaba terriblemente mal.
“Una parte de mí quiere odiarlo”, admití después de explicarle todo. “Pero otra parte no puede olvidar cómo me hizo sentir comprendida”.
Lorie me rodeó con sus brazos y no dijo nada, porque el silencio habría sido suficiente. Luego me llevó de vuelta a su apartamento.
Pasé la noche en su sofá casi sin dormir. Por la mañana, tenía una cosa clara: huir de la verdad ya me había robado demasiado. No iba a permitir que me robara también esta decisión.
Me vestí con unos vaqueros viejos y un suéter prestado del armario de Lorie.
Ella me observó mientras me ponía los zapatos. "¿Estás segura?"
—No —admití—. Pero voy a ir de todas formas.
