Sus labios estaban pálidos. Cerca de su muñeca, medio oculta entre burbujas de jabón, vi un moretón. Vivian se echó hacia atrás como una reina en su trono y me dedicó una sonrisa fría.
—Señora Hayes, debería haberle enseñado modales a su hija. Ha sido muy perezosa desde la boda.
Solo miré a Emily.
"Ven aquí."
Mark golpeó la mesa con el tenedor.
“Está ocupada.”
Vivian extendió su plato vacío sin siquiera mirar a mi hija.
“Lava este también.”
Emily extendió la mano automáticamente para cogerlo. Mark le arrebató el plato de la mano a su madre y se lo empujó hacia el pecho de Emily.
“¡Dejen de lavar los platos! ¡Traigan más comida!”
El plato se resbaló, golpeó el suelo y se hizo añicos. Un silencio sepulcral invadió la cocina. Emily se estremeció. Ese leve movimiento me lo dijo todo. Mark me miró y sonrió.
“¿Lo ves? Inútil.”
No grité. No lloré. No crucé la habitación para lastimarlo como mis manos querían. Simplemente saqué mi teléfono. Vivian se rió.
“¿Llamas a la policía porque tu princesita tuvo que lavar los platos?”
—No —dije con calma mientras marcaba el número—. Estoy llamando al dueño de esta casa.
