No.
La respuesta era tan obvia que casi me humilló.
—No —dije.
Ella asintió levemente, como si eso fuera todo lo que necesitaba oír.
Luego bajó la mirada hacia el plan de cuidados.
“No quería ser alguien de quien te sintieras responsable.”
Tragué saliva con dificultad.
“Nunca fuiste así.”
Los labios de Emily temblaron.
“Dejaste de venir a casa, Michael.”
Ahí estaba.
No es una acusación lanzada desde el otro lado de una cocina.
Un registro discreto presentado como prueba.
"Lo sé."
Dejaste de preguntar.
"Lo sé."
“Y cuando me cansé de ser la persona triste de la habitación, tú lo llamaste paz.”
La miré entonces, porque le debía el suficiente respeto como para no apartar la mirada.
“Fui un cobarde”, dije.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
"Sí."
Una palabra.
Sin mala intención.
Sin dramas.
Solo la verdad.
La enfermera regresó con las instrucciones de alta y una hoja para la cita de seguimiento.
Emily extendió la mano para coger los papeles, pero le temblaba.
En su lugar, los tomé.
No porque no pudiera hacerlo.
Porque yo estuve allí.
