Una oleada de emoción: intensa, aguda, abrumadora.
Dejó caer la sábana y retrocedió tambaleándose, con la respiración entrecortada. No gritó. Todavía no. Fue peor que eso: ese silencio que precede a que algo se rompa.
Se dio la vuelta y salió de la habitación.
La casa, que momentos antes parecía tan perfecta, ahora daba la sensación de ser una mentira cuidadosamente orquestada.
Su mirada se posó en una escoba apoyada contra la pared.
Caminó directamente hacia ella y la agarró, sujetando el asa con fuerza como si pudiera soportar el peso de todo lo que estaba sintiendo.
Sus pensamientos se agolpaban caóticamente.
¿Cuánto tiempo? ¿
Desde cuándo? ¿
Quién era ella?
Clara apretó el agarre y caminó de regreso hacia el dormitorio, con pasos ahora firmes y decididos.
Ella levantó la escoba—
Y justo en ese momento, una voz la llamó desde atrás.
“¿Clara?”
Ella se giró.
Su marido estaba allí de pie, saliendo de la habitación de su hijo, con el pelo revuelto, todavía medio dormido.
Le bastó un segundo para comprender lo que estaba viendo.
Clara, sosteniendo la escoba.
La puerta del dormitorio abierta.
Silencio.
“¡Clara, espera!”
Se abalanzó sobre ella, agarrándola del brazo antes de que pudiera golpearla.
—¡Suéltame! —gritó, con la voz quebrándose.
“¡Por favor, escúchame!”
“¿Escuchar qué?!”
Ella forcejeó, pero él la sujetó, sin hacerle daño, pero negándose a soltarla.
—¡Mateo! —gritó—. ¡Despierta!
Un instante después, apareció su hijo, confundido y aturdido.
Y detrás de él—
La niña.
El mismo.
Clara sintió que algo dentro de ella se hacía añicos otra vez, pero esta vez de forma diferente. No era solo ira. Era algo más pesado, más complejo.
—¿Mamá…? —dijo Mateo en voz baja.
