Durante un instante nadie habló.
Clara bajó lentamente la escoba.
Su marido le soltó el brazo con cuidado.
—Sentémonos —dijo en voz baja.
Se trasladaron al salón.
Clara permanecía sentada rígida, con la mirada fija al frente. Mateo y la niña estaban sentados muy juntos. Su marido seguía tenso.
El silencio era denso.
Finalmente, Clara habló.
“No. Primero… dime quién es ella.”
Mateo tragó.
“Ella es mi novia.”
La palabra quedó suspendida en el aire.
“Y… está embarazada.”
Todo cambió.
Clara parpadeó, tratando de asimilarlo.
“¿De cuántos meses?”
“Dos meses.”
Se echó hacia atrás, acostumbrándose al peso.
Luego miró a su marido.
“¿Lo sabías?”
Él asintió.
“Durante un mes.”
Clara soltó una risa corta y sin humor.
“¿Un mes… y lleva viviendo aquí?”
—Queríamos darles una sorpresa —dijo rápidamente.
—¿Una sorpresa? —repitió.
Esa palabra no sentó bien.
Las explicaciones que siguieron fueron torpes, desordenadas e incompletas.
La habitación de Mateo era demasiado pequeña.
Pensaron que esta era mejor.
Su esposo se había mudado a la otra habitación.
La niña finalmente habló, con la voz temblorosa.
“Lo siento… No quería causar problemas.”
Clara la miró detenidamente por primera vez.
Ella no era solo una intrusa.
Era joven. Nerviosa. Asustada.
Y embarazada.
Algo en Clara se suavizó, aunque solo un poco.
"¿Cómo te llamas?"
“Lucía.”
El tiempo transcurrió en silencio.
Entonces, poco a poco, la verdad se fue revelando. No era una traición. No era lo que Clara había imaginado en aquel primer momento.
Pura confusión.
Malas decisiones.
Intentos torpes de hacer algo bien.
Cuando terminó, Clara suspiró profundamente.
“Esto se manejó muy mal”, dijo.
Todos asintieron.
“Pero… ya ha sucedido.”
Todos ellos ofrecieron disculpas.
Clara los miró a los tres. Su expresión se suavizó ligeramente.
—Bueno —dijo por fin—, vamos a comer. Traje comida… y no la voy a desperdiciar.
Eso no lo solucionó todo.
