Parte 2:
Se suponía que la audiencia sería sencilla.
Eso era lo que Daniel les había prometido a todos.
Le había dicho a Vanessa que ganarían fácilmente. Le había dicho a su abogado que yo estaba arruinada, sola y demasiado humillada para defenderme. Le había dicho al tribunal que yo era inestable. Había repetido la mentira tantas veces que él mismo había empezado a creérsela.
Pero las personas arrogantes se vuelven descuidadas cuando creen que nadie puede desafiarlas.
—Señora Vale —comenzó el abogado de Daniel—, ¿es cierto que no ha trabajado en un empleo asalariado en más de dos años?
"Sí."
La sonrisa de Vanessa se hizo más aguda.
“¿Y es cierto que durante su matrimonio usted dependió económicamente de mi cliente?”
"Sí."
¿Es cierto que actualmente no tienes padres que vivan en esta ciudad?
"Sí."
Daniel se recostó en su silla, satisfecho.
Su error fue creer que cada sí significaba una derrota.
El interrogatorio continuó.
Sin salario.
No tengo ningún apartamento a mi nombre.
No había ningún familiar sentado a mi lado.
No hay ningún arma visible.
Solo mi silencio.
Solo el sobre sellado que estaba dentro de la carpeta de mi abogado.
Esa mañana solo tuve que ignorar las llamadas perdidas de mi madre porque ya sabía que venía de camino.
El abogado de Daniel se acercó.
“¿Y no es cierto, señora Vale, que amenazó con desaparecer con el niño?”
Por primera vez, miré directamente a Daniel.
Un recuerdo me atravesó.
