Tres años después del fallecimiento de mi madre, nuestra casa seguía estando impregnada de un silencio opresivo.
Mi padre y yo afrontábamos cada día con cautela, fingiendo que la silla vacía en la mesa no dolía tanto como dolía.
Entonces papá empezó a salir con Alexis. Cuatro meses después, ella y su hija, Brianna, se mudaron a nuestra casa. Una de las primeras cosas que hizo Alexis fue empacar todo rastro de mi madre.
