Una vez, cuando salíamos del hospital, me tomó de la mano y me dijo con voz suave:

Con ese dinero pagué mis deudas universitarias.

Arreglé el tejado de la casa.

Pinté las paredes.

Se sustituyó la instalación de gas, que era peligrosa.

Conservé la vieja radio, las fotografías descoloridas y la cama de madera, porque tirarlas me parecía como borrar algo sagrado.

Continué estudiando.

De forma más pacífica.

Con menos hambre.

Con menos miedo.