Una vez, cuando salíamos del hospital, me tomó de la mano y me dijo con voz suave:

“Hijo… no sé por qué Dios te puso en mi camino”, dijo con una voz tan débil que tuve que acercarme para oírla mejor, “pero cuando ya no pueda pagarte… por favor, no dejes de visitarme todavía”.

Esa frase se me quedó grabada.

Sonreí, tratando de aligerar su peso.

“No te preocupes, Doña Carmen. Concéntrate primero en recuperarte.”

Me apretó la mano con sus dedos fríos y huesudos.

“Prométemelo.”

No sé por qué, pero lo prometí.

A partir de entonces, seguí yendo a su casa todas las semanas, a veces dos veces, aunque nunca me dio los 200 pesos que me había prometido.

Al principio, pensé que simplemente se le había olvidado.

Más tarde, imaginé que tal vez estaría esperando a reunir varias semanas de dinero para pagarme todo de una vez.

Finalmente, comprendí la verdad: simplemente no tenía con qué pagarme.

Una tarde, mientras le preparaba un caldo de pollo, reuní el valor y dije: