Me sequé los ojos con la manga y continué.
No uses esto para llorarme demasiado. Úsalo para terminar tus estudios. Para dormir sin deber alquiler. Para comer mejor de lo que a veces te veía comer cuando creías que no me daba cuenta. Y si algún día tienes tu propia cocina, quiero que prepares caldo de pollo y recuerdes a esta anciana que te amó como no supo amar a tiempo.
Con gratitud,
Carmen Ruiz
Me quedé quieto durante mucho tiempo.
No sé cuánto tiempo.
Solo recuerdo el ruido lejano del callejón, un perro ladrando afuera y el peso insoportable de esa carta sobre mis rodillas.
Entonces me levanté, fui al armario y encontré el cajón falso.
Detrás estaba la caja de metal.
Lo abrí con la llave.
En el interior había varios fajos de facturas cuidadosamente envueltas, las escrituras de la casa y una fotografía antigua.
En la foto, Doña Carmen parecía mucho más joven, sonriendo junto a un joven de unos veinte años.
Delgado.
De piel oscura.
Con expresión tranquila.
En el reverso, con tinta casi descolorida, decía:
Tomás, 1991. Mi orgullo.
Me derrumbé allí mismo.
No por el dinero.
No por la casa.
Pero de repente comprendí que durante todos esos meses no solo había estado ayudando a una anciana enferma.
Había estado lidiando con la culpa de ser madre.
Y a su manera, había intentado sanar conmigo algo que nunca podría reparar con su hijo.
Al día siguiente llegaron sus hijos.
