Entonces sucedió.
Salomé se inclinó lentamente hacia el oído de su madre.
Y susurró algo.
Nadie más lo escuchó.
Ni los guardias.
Ni la trabajadora social.
Ni el coronel Méndez, que observaba desde la puerta entreabierta con los brazos cruzados y el expediente aún fresco en su memoria.
Solo Ramira.
Y lo que dijo la niña fue tan simple, tan imposible, que por un instante la mujer dejó de respirar.
—No fuiste tú —susurró Salomé—. Vi quién era.
Ramira permaneció inmóvil.
Las lágrimas seguían cayendo, pero ya no eran solo lágrimas de dolor. Eran lágrimas de pura conmoción. La abrazó un poco más fuerte, temblando.
—¿Qué dijiste, mi amor? —murmuró, con la voz quebrándose.
Salomé apenas se apartó. Sus grandes ojos, extrañamente serenos, estaban fijos en los de su madre.
—Vi al hombre del reloj de serpiente —dijo en voz muy baja—. Entró por la puerta trasera esa noche. Tú no estabas en casa cuando pasó.
El corazón de Ramira comenzó a latir con una nueva violencia.
Durante cinco años repitió su inocencia hasta quedarse ronca. Pero nadie quiso escucharla. Nadie quiso oír que aquella noche había salido a la tienda unos minutos y que, al regresar, encontró la puerta abierta, la lámpara en el suelo y el cuerpo de Esteban junto a la mesa del comedor. Nadie quiso creer que la pistola con sus huellas dactilares tuviera una explicación sencilla: era la vieja pistola que él guardaba en casa, la cual ella, por instinto, cogió al verlo sangrando, sin comprender aún lo sucedido.
