Ella pidió ver a su hija antes de morir... y lo que la niña le susurró cambió su destino para siempre.

La fiscalía construyó el resto.

Esposa cansada.
Discusiones previas.
Dinero.
Celos.
Un testigo poco fiable y un abogado de oficio que ya parecía derrotado antes del juicio.

Ramira tragó saliva.

—Salomé… ¿por qué no lo dijiste antes?

La chica bajó la mirada por un instante hacia sus propios zapatos desgastados.

—Porque me vio escondida detrás de la cortina —susurró—. Y me dijo que si hablaba, también te matarían a ti. Entonces la tía Clara me dijo que dejara de inventar cosas, que era mejor olvidarlo. Que habías hecho algo malo y que debía portarme bien.

La habitación entera pareció encogerse.

Ramira sintió una oleada de frío que le recorrió los brazos.

Clara.

La hermana de Esteban.

La mujer que acogió a Salomé tras la detención.
La misma que lloró en el juicio como cualquier otra viuda.
La misma que insistió en que Ramira siempre había sido «nerviosa» y «capaz de cualquier cosa cuando se enfadaba».

Ramira acercó ambas manos esposadas al rostro de la niña.

—Mi amor… escúchame con atención. ¿Has visto antes a ese hombre?

Salomé asintió.

—Sí. Dos veces. Una vez vino cuando no estabas, y papá lo dejó entrar al estudio. Le traje agua. Llevaba un reloj grande de oro con la cabeza de una serpiente —dijo, tocándose la muñeca—. Y olía fuerte, como a cigarrillos y colonia. Papá se asustó cuando vino. Lo supe porque después siempre gritaba aún más.

El coronel Méndez, desde la puerta, dejó de respirar con normalidad.

No se movió.

No dijo nada.