Ella pidió ver a su hija antes de morir... y lo que la niña le susurró cambió su destino para siempre.

Pero algo en la forma en que la chica hablaba —sin dramatismo, sin buscar llamar la atención, con la cruda claridad de alguien que conserva una imagen durante años— hizo que la vieja incomodidad en su pecho se transformara en algo distinto.

Alarma.

Ramira se inclinó aún más.

—¿Escuchaste algún nombre?

Salomé cerró los ojos por un instante, concentrándose.

—Papá lo llamó una vez “el abogado Becerra”. Y esa noche… mientras me escondía, lo oí decir: “Ya te dije que no iba a firmar”. Luego se oyó un golpe… y después otro.

Ramira sintió que su cuerpo se desplomaba hacia un lado.

Señor Becerra.

El abogado de negocios de Esteban.

Socio externo.
Visitante frecuente.
Hombre elegante.
Amigo de cena.
Uno de los que testificaron bajo juramento que Esteban y Ramira tenían serios problemas económicos y que temía por su seguridad en la casa.

Ramira nunca confió en él.

Pero él tampoco pudo demostrar nada.

Méndez abrió la puerta por completo.