Encontró lo que nadie quería ver.
El arma tenía las huellas dactilares de Ramira, sí, pero también restos parciales de otra persona que nunca fue identificada correctamente debido a la "mala calidad de la recolección de pruebas". El famoso testigo que afirmó haberla visto salir de la casa esa noche se contradijo en dos ocasiones. Y el informe de la psicóloga que entrevistó a Salomé incluía una frase inquietante, anotada al margen y luego ignorada: "La menor insiste en un hombre con un reloj llamativo, pero su relato parece estar afectado por estrés postraumático".
Contaminado.
Esa palabra bastó para silenciar la única voz íntegra del caso.
A las cuatro de la tarde, llevaron a Salomé a una sala de identificación fotográfica simplificada. Entre varias imágenes de hombres con traje, algunos conocidos por su padre y otros añadidos como control, la niña señaló inmediatamente a uno.
No dudó.
No titubeó.
Ni siquiera necesitó tocar la foto.
-Eso.
Era Héctor Becerra.
Abogado.
Asesor financiero.
Amigo íntimo de Esteban.
Y, según una nota perdida entre los apéndices contables, un hombre implicado en una serie de documentos que Esteban se negó a firmar meses antes de morir.
Cuando Méndez vio la foto que le habían señalado, sintió un escalofrío. Recordaba ese apellido de otro lugar. No del juicio. De una llamada privada que había recibido una semana antes, cuando la sentencia aún podía ejecutarse discretamente. Una voz le dijo que el caso Fuentes debía cerrarse así, por el bien de todos, y que insistir demasiado en el pasado solo empañaba la reputación de las instituciones respetables.
No mencionaron ningún nombre.
No era necesario.
Ahora sí que era necesario.
Llamó directamente a la fiscalía estatal.
No es una oficina cualquiera.
Es la unidad de revisión de condenas injustas.
Gritó.
Exigió.
Utilizó treinta años de servicio como si finalmente estuvieran cumpliendo algún propósito útil.
Esa misma noche llegó una fiscal especial con dos agentes y una expresión escéptica que se transformó en otra cosa mientras escuchaba a Salomé repetir la historia del reloj, la puerta trasera y el "No iba a firmar".
Ramira no regresó a su celda.
Fue trasladada a una sala de seguridad mientras se dictaba la suspensión formal de su ejecución y se solicitaba una revisión urgente de la sentencia.
