Ella pidió ver a su hija antes de morir... y lo que la niña le susurró cambió su destino para siempre.

No devolvió los cumpleaños.
Ni los dientes de leche que se cayeron sin madre.
Ni las pesadillas de Salomé bajo el techo de una tía que compraba el silencio con dulces.
Ni las noches de Ramira hablando sola en una celda para no olvidar el tono de la voz de su hija.

La libertad no cura.
Solo restituye el derecho a intentar sanar.

El coronel Méndez observó la escena desde unos pasos atrás.

Esta vez no llevaba su uniforme de gala ni su habitual expresión impasible. Simplemente parecía viejo. Muy viejo. Cuando Ramira se puso de pie con Salomé aún agarrada a su cintura, él se acercó.

No sabía cómo empezar.

Eso ya era extraño en un hombre como él.

—Señora Fuentes… —dijo finalmente.

Ramira lo miró.

Durante años soñó con odiarlo.
Y una parte de ella aún lo hacía.
Porque no bastaba con que finalmente hubiera corregido algo. También había formado parte de la máquina que casi la mata.

Méndez apenas bajó la cabeza.

—No espero tu perdón. Solo quería decirte que debí haber dudado antes.

Ramira sostuvo su mirada.

-Sí.

No fue cruel.

Era cierto.

Asintió con la cabeza, como quien recibe una sentencia justa.

-Lo sé.