Lo encontraron en un rancho a tres horas de la ciudad.
Todavía llevaba relojes caros.
Ninguno con una serpiente.
Como Clara confesó más tarde, ella lo había arrojado al río la misma noche del crimen.
La revisión judicial fue rápida únicamente porque el escándalo no dejaba lugar a otra cosa. La prensa se enteró. Las organizaciones de derechos humanos intervinieron. La historia de una mujer que estuvo a punto de ser ejecutada por un crimen que no cometió se volvió imposible de ocultar bajo la alfombra institucional.
Ramira fue exonerada treinta y ocho días después.
Treinta y ocho días que, comparados con cinco años, parecían a la vez nada y una eternidad.
El día que salió de prisión, seguía oliendo igual.
Las mismas paredes.
La misma valla.
El mismo cielo descolorido sobre el patio.
Pero ya no era la misma mujer que había entrado.
Vestía ropa sencilla proporcionada por una organización civil, tenía el pelo más corto, el cuerpo más delgado y sus ojos reflejaban una edad que no figuraba en sus documentos. Salomé la esperaba afuera, de la mano de la fiscal Lucía Serrano, quien terminó siendo la única persona en el sistema dispuesta a investigar el caso.
Cuando se abrió la puerta, Ramira caminó lentamente.
Él no corrió.
No gritó.
Parecía una mujer que emergía del agua después de haber aprendido a respirar allí.
Salomé sí corrió.
Esta vez, nadie pudo detenerla.
Se abalanzó sobre su madre con toda la fuerza de ocho años, miedo reprimido y amor inquebrantable. Ramira cayó de rodillas para recibirla, abrazándola como si eso pudiera reparar el tiempo roto.
—Se acabó —susurró la chica.
Ramira cerró los ojos.
—No, mi amor. Esto apenas comienza.
Y era cierto.
Porque ser libre no devolvió lo que se había perdido.
