La mentira era tan frágil que casi se derrumbó entre nosotros.
Extendí la mano hacia la suya.
Hacía un frío glacial.
—Emily —dije—, no me mientas.
Sus dedos temblaron una vez dentro de los míos.
“Puedo ver que no estás bien.”
Una enfermera pasó con un carrito con ruedas.
Alguien se rió detrás de una puerta cerrada.
La máquina expendedora cerca de la pared zumbaba, iluminando filas de barras de chocolate bajo el resplandor del plástico.
El hospital seguía moviéndose a nuestro alrededor como si nada hubiera pasado.
Pero todo mi pasado transcurría sentada en esa silla, con un vestido demasiado grande para mi cuerpo, intentando esconder un portapapeles debajo de una manta.
Durante varios segundos, Emily no dijo nada.
Entonces sus labios se entreabrieron.
—No quería que me vieras así —susurró.
Eso fue lo primero que dijo.
No estoy enfermo.
No, no necesito ayuda.
No, yo tenía miedo.
Se disculpó por haber sido vista.
Fue entonces cuando algo dentro de mí se partió por completo.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunté.
Bajó la mirada.
“Desde la mañana.”
“¿Qué mañana?”
Sin respuesta.
“Emily.”
