El día comenzó con una pequeña mentira, de esas que muchos niños de doce años han contado al menos una vez.
Valeria yacía acurrucada bajo las mantas, intentando parecer débil y desdichada. Cuando su madre entró en silencio en la habitación, la niña se llevó una mano a la frente y murmuró que le dolía muchísimo la cabeza y que no se sentía lo suficientemente bien como para ir al colegio.
Carmen se sentó a su lado en la cama y le acarició suavemente la frente. Sus ojos, cansados por las largas horas de trabajo, reflejaban preocupación. Estaba criando a Valeria sola y trabajaba como dependienta en una tienda de cosméticos en Plaza Galerías, uno de los centros comerciales más concurridos de la ciudad. Faltar al trabajo o llegar tarde no era una opción: Valeria dependía por completo de sus ingresos.
Cuando Carmen se dio cuenta de que su hija no tenía fiebre, suspiró aliviada. Preparó un tazón de sopa y lo guardó en el refrigerador, por si Valeria tenía hambre más tarde. Después de besar a su hija en la frente y recordarle que la llamara si se sentía peor, Carmen tomó su abrigo beige, salió de su pequeño apartamento y cerró la puerta con llave.
En el instante en que los pasos de su madre se desvanecieron por la escalera, Valeria saltó de la cama con una sonrisa triunfal.
Su dolor de cabeza nunca había existido.
La verdadera razón por la que fingió estar enferma era un examen de matemáticas para el que no se había preparado en absoluto. En lugar de estudiar durante el fin de semana, se pasó horas navegando por las redes sociales.
