El comandante Garza la miró con asombro.
“Llamen a las unidades”, dijo por la radio. “Nuevos objetivos: Leticia Vargas y Antonio Delgado”.
Esa noche, la policía allanó los almacenes al sur de la ciudad.
Leticia y Antonio fueron arrestados cuando se preparaban para huir con el resto de las joyas robadas.
De vuelta en casa, Carmen abrazó fuertemente a Valeria, llorando de alivio.
—Me salvaste —susurró una y otra vez.
Días después, Don Alejandro Ríos visitó su apartamento. Con lágrimas en los ojos, le regaló a Valeria una pequeña cadena de oro con un colgante en forma de escudo.
—Por tu valentía —dijo.
Pasaron los años.
Leticia cumplió su condena de prisión y posteriormente escribió cartas pidiendo perdón. Carmen finalmente la perdonó, aunque su relación nunca volvió a ser la misma.
Para Valeria, ese día lo cambió todo.
El hecho de haber estado a punto de perder a su madre a causa de una injusticia despertó en ella algo poderoso: una pasión por la verdad que la acompañaría toda la vida.
Años después, la chica que una vez fingió estar enferma para no ir a la escuela se graduó con honores de una de las mejores facultades de derecho del país.
Se convirtió en una abogada brillante, dedicada a defender a los inocentes.
Y bajo las luces de la sala del tribunal, descansando discretamente sobre su clavícula, el pequeño colgante de oro siempre le recordaba el día en que descubrió quién estaba destinada a ser.
