Elena insistió en que Valeria le habría quitado todo.
Valeria rió amargamente.
“Me fui sin pedir nada. Di a luz sola mientras tu familia sonreía para las cámaras como si yo nunca hubiera existido.”
Alejandro parecía destrozado.
“¿Estabas sola?”
—No del todo —dijo—. Mi madre y mi hermano estaban allí. Pero tú no. Y aunque las mentiras nos separaron, fuiste tú quien cerró la primera puerta.
Él asintió lentamente.
"Tienes razón."
Elena intentó acercarse al coche.
“Déjame verlos.”
Valeria se interpuso entre ella y el peligro.
"No."
“Son mis nietos.”
“Son niños que ni siquiera saben tu nombre”, dijo Valeria. “Y nadie que haya borrado pruebas de su existencia tiene derecho a exigir su amor”.
Alejandro miró a su madre.
"Dejar."
Cuando Elena se marchó, Alejandro volvió a mirar a Valeria.
"Perdóname."
—No me preguntes eso aquí —dijo ella.
—No te pediré que borres cinco años —respondió—. Solo quiero una oportunidad para ganarme un puesto, si me lo permites.
Valeria permaneció en silencio.
Llevaba años imaginando este momento. Se había imaginado castigándolo, rechazándolo, haciéndole sentir la soledad que ella había sentido durante las fiebres, las estancias en el hospital, los primeros pasos y los eventos del Día del Padre con una silla vacía.
Pero la venganza no la consoló.
Sus hijos merecían algo más que el orgullo adulto.
Mateo, el mayor, bajó la ventanilla.
“Mamá… ¿él es nuestro padre?”
Alejandro se agachó lentamente, manteniendo la distancia.
