Una vez, cuando salíamos del hospital, me tomó de la mano y me dijo con voz suave:

“Doña Carmen, no se preocupe por el dinero. Puede pagarme cuando pueda.”

Dejó la cuchara sobre el plato y me miró con una extraña tristeza.

“Siempre hablas como si fuera a haber un ‘después’”.

No supe cómo responder.

Con el paso de los meses, mi rutina se convirtió en parte de su vida, y poco a poco ella se convirtió en parte de la mía.

Yo le llevaba fruta cuando tenía un poco de dinero extra.

Le compraba la medicina si veía que no podía pagarla.

A veces, después de terminar de limpiar, me sentaba con ella un rato y escuchaba historias sobre su juventud, sobre un marido que ya había fallecido y sobre algunos hijos que, según ella, "tenían sus propias vidas".

Ella nunca habló mal de ellos.

Eso me impresionó.

Ella solo decía:

“Una madre nunca deja de ser madre, incluso cuando sus hijos olvidan cómo ser niños.”

Un día encontré, en un cajón entreabierto, varias cartas antiguas que me habían devuelto el correo.

Todas dirigidas al mismo lugar en Monterrey.