Una vez, cuando salíamos del hospital, me tomó de la mano y me dijo con voz suave:

Todos con el mismo apellido.

Ninguno abierto.

No dije nada.

Ella tampoco.

Pero esa noche, por primera vez, cuando me iba, ella preguntó:

¿Podrías volver mañana?

Hice.

Y al día siguiente también.

Su salud comenzó a empeorar rápidamente.

Apenas podía levantarse por sí sola.

Su respiración era lenta y dificultosa.

Una mañana, el médico de la clínica comunitaria me apartó y me dijo sin rodeos:

“Está muy débil. No creo que le quede mucho tiempo.”

Esa tarde, al salir de la clínica, la ayudé a subir lentamente a un taxi. Doña Carmen permaneció en silencio, mirando por la ventana como si viera una ciudad que ya no le pertenecía.

Antes de salir frente a su casa, dijo: