“Diego… cuando muera, no dejes que tiren mis cosas sin revisar el armario.”
Sentí un golpe en el pecho.
“No digas eso.”
“Prométemelo.”
Esa palabra otra vez.
Y de nuevo, asentí con la cabeza.
Las últimas dos semanas fueron muy duras.
Apenas podía comer nada.
Le humedecí los labios con agua.
Le arropé con las mantas.
Le leía los titulares de los periódicos en voz alta para que sintiera que el mundo seguía entrando por su puerta.
Una noche me agarró la muñeca con una fuerza que no sabía que aún conservaba.
"Perdóname."
"¿Para qué?"
